La Terapia Basada en la Mentalización (MBT por sus siglas en inglés, Mentalization-Based Treatment) fue desarrollada en la década de los noventa en Reino Unido por Anthony Bateman y Peter Fonagy para el abordaje integral del Trastorno Límite de la Personalidad (TLP). La MBT es un enfoque psicoterapéutico de naturaleza integradora que se nutre de las aportaciones de la psicoterapia psicodinámica (donde entierra sus raíces) y otras formas de psicoterapia mucho más activas como la Terapia Cognitivo-Conductual.

Mentalización

El término mentalización hace referencia a la habilidad humana de percibir, interpretar y comprender tanto el propio funcionamiento como el de aquellos con los que nos relacionamos en términos de estados mentales intencionales, esto es, en términos de necesidades, deseos, sentimientos, creencias, objetivos, propósitos, etc. La actividad mentalizadora es, por tanto, un proceso a través del cual inferimos las razones por las que nosotros mismos o las personas que nos rodean funcionamos del modo en que lo hacemos (¿por qué lo hace?, ¿para que lo hace?, si reacciona de este modo, ¿qué ha entendido de lo que le he dicho?). La capacidad de mentalización hace posible la regulación de los propios estados emocionales y favorece las relaciones con los demás. Cuando conectamos con nuestras emociones y comprendemos porque sentimos lo que sentimos, la emoción no resultará tan desbordante y tendremos mayor capacidad para atenuarla y manejarla. Del mismo modo, si empatizamos con la emoción del otro y tratamos de inferir las razones de su sentimiento, incrementaremos las probabilidades de comunicarnos y relacionarnos positivamente con las personas que nos rodean.

La capacidad de mentalización es multidimensional, pudiendo delimitarse cuatro dimensiones o polaridades básicas: polo automático vs. controlado, polo afectivo vs. cognitivo, polo centrado en uno mismo vs. centrado en los otros y polo centrado en aspectos internos vs. centrado en aspectos externos.

Dimensiones o polaridades básicas

La mentalización automática es inconsciente, no reflexiva y se dispara cuando se produce un incremento importante de la activación emocional. Por el contrario, la mentalización controlada es consciente, reflexiva y se inhibe durante estados de fuerte activación emocional.

La mentalización afectiva es la capacidad de comprender el sentimiento que acompaña a los estados mentales (en los demás y en uno mismo) y la mentalización cognitiva es la capacidad de razonar, reconocer y nombrar dichos estados (en los demás y en uno mismo).

La mentalización en el polo afectivo implica un riesgo de desbordamiento emocional y dificultades para pensar en las emociones, mientras que la mentalización en el polo cognitivo conlleva un riesgo de desconexión emocional y dificultades para sentir los pensamientos.

Cuando el foco se centra en uno mismo, el paciente experimenta dificultades para percibir estados ajenos, mientras que cuando se centra en el otro experimenta mayor susceptibilidad de contagio emocional.

Finalmente, cuando el foco se dirige a aspectos externos la atención se centra en lo visible, mientras que cuando se orienta a aspectos internos la atención se centra en aspectos subyacentes a gestos y comportamientos, requiriéndose la interpretación y consideración de distintas posibilidades.

Cuando tiene lugar un fallo en la capacidad de mentalizar, el paciente suele incurrir en modos de pensamiento no mentalizadores que muestran paralelismos con las conductas que manifiestan los niños pequeños antes de desarrollar plenamente esta capacidad (por ello también se denominan modos de prementalización). Estos modos de pensamiento no mentalizadores reciben el nombre de: modo de equivalencia psíquica, modo teleológico y modo simulado.

Modos de pensamiento no mentalizadores 

En el modo de equivalencia psíquica, los pensamientos y sentimientos se vuelven demasiado reales, surgiendo en los individuos la certeza absoluta de que aquello que sienten que está dándose en el mundo exterior es lo que realmente está sucediendo. Se produce una equivalencia absoluta entre el mundo psíquico y la realidad física, de modo que si sienten que ellos mismos son defectuosos y que no tienen solución, son defectuosos y no tienen solución.

En el modo teleológico, los estados mentales sólo son reconocidos y creídos si sus resultados son físicamente observables. En este modo el paciente se sentirá querido si recibe una llamada de teléfono o se sentirá real si se corta y conecta con la sensación física que la herida conlleva.

En el modo simulado, los pensamientos y sentimientos se desgajan de la realidad. En el modo simulado los pacientes pueden hipermentalizar, un estado en el cual pueden decir muchas cosas acerca de los estados mentales, pero con poco significado verdadero o escasa conexión con la realidad. Este modo genera relatos de apariencia compleja, profunda e intelectualizada, pero desprovistos de correlato emocional.

Bateman y Fonagy postulan que los síntomas del TLP se entienden como resultado de una supresión parcial y específica de la mentalización. Los pacientes límite no son incapaces de comprender sus estados emocionales en todo momento, pero sí suelen fracasar en este sentido cuando se encuentran en una situación de elevada activación emocional, especialmente si se vincula a relaciones de apego intensas o la presencia de trauma en la biografía del individuo. El objetivo terapéutico de la MBT es fortalecer la capacidad de mentalizar del paciente, o lo que es lo mismo, fortalecer la capacidad del paciente para comprender sus propios estados mentales y los de los demás para abordar sus dificultades con el afecto, la regulación de los impulsos y el funcionamiento interpersonal, los cuales actúan como factores desencadenantes de los actos de suicidio y autolesión.

Referencias bibliográficas:

  • Bateman, A. y Fonagy, P. (2016). Tratamiento basado en la mentalización para trastornos de la personalidad: una guía práctica. Bilbao: Desclée de Brouwer.
  • Sánchez, S. y De la Vega, I. (2013). Introducción al tratamiento basado en la mentalización para el trastorno límite de la personalidad. Acción Psicológica, 10(1), 21-32.